James Baldwin: Word Warrior (9:35) Mumia Abu-Jamal

7/9/17

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JAMES ARTHUR BALDWIN: GUERRERO DE LAS PALABRAS

 

Mumía Abú-Jamal

Discurso del 05-07-2017

 

 

 

Nació en el Hospital de Harlem de Nueva York, el 2 de agosto de 1924; aunque parezca mentira, en el mismo año que nació mi madre en el Sur de los Estados Unidos.

 

Su nombre al nacer fue James Arthur Jones. Fue hijo de una madre bendecida con el tributo de la fertilidad; y James nunca conoció a su padre.

 

A la tierna edad de 3 años, recibió el apellido "Baldwin", regalo de su padrastro, nombre que resonó alrededor de los mundos de las letras y de las luchas de los negros; y que aún persiste todavía muchos años después que James Baldwin vivió su vida.

 

Su padrastro se esforzó en enseñarle la Biblia, y por tres años difíciles James obedeció, convirtiéndose en niño predicador, salvando almas en Harlem, hasta el momento en el que él ya no lo pudo tolerar más.

 

Porque a la tierna edad de 12 años James supo que sería escritor. En la escuela ganaba premios por sus escritos y leía, y volvía a leer, novelas como La Cabaña del Tío Tom e Historia de Dos Ciudades. Como él lo escribiría después, James cargaba a un bebé en un brazo mientras leía el libro que tenía en la mano del otro brazo.

 

En la escuela sus maestros reconocieron desde la primaria su temprana facilidad con las palabras, y alentaron sus escritos.

 

Baldwin escribía siempre con buén conocimiento y con un humor salvaje sobre todo lo que estaba a su alrededor: sobre sus compañeros escritores, sobre otros libros, sobre obras de cine, obras de teatro; todo se convertía en agua que nutría su activo talento creador.

 

Es verdad: James Baldwin llegaría a destruir La Cabaña del Tío Tom, tanto por la pobreza de su estilo como por su insípido, aburrido, cuento de una historia que demanda corage y fuerza vital para reflejar los profundos y permanentes horrores del sistema de esclavitud de los Estados Unidos  --y de sus tortuosas consecuencias.

 

En su ensayo crítico inicial, "La Novela de Protesta de Todo el Mundo", que lo volvió a publicar en su, "Notas sobre Hijo Nativo", Balwin ataca mordazmente tanto, "La Cabaña del Tío Tom", como el primer éxito literario de Richard Wright, "Hijo Nativo".

 

Condenando esos libros por no estar a la altura de la realidad que tratan, Baldwin escribe:

 

            "Esos escritos muestran lo que son: espejos de nuestra confusión, de nuestra deshonestidad y pánico; estamos encerrados e inmobilizados en la prisión iluminada  del 'sueño americano'… Al final, eso de la novela de protesta termina pareciéndose más al celo de esos misioneros blancos alabastrinos que van a África a cubrir la desnudez de los nativos, para llevarlos a los pálidos brazos de Jesús y a la esclavitud." (Baldwin 1)

 

¡Éso es escribir!

 

Baldwin publicó esa crítica en la edicion de la primavera de 1949 de la revista Zero, y su incandescente estilo le trajo trabajo en The NationCommentaryThe New York Times Book Review, y Harper’s.  Muchas de esas publicaciones ya no existen.

 

Esa mordacida, ese estilo incendiario, ese desparpajo marcaron todos sus escritos, especialmente sus novelas --y sobre todo cuando navegaba las turbulentas aguas de la raza y el racismo.

 

Como hombre de su tiempo, Baldwin viajó mucho, y vivió para ver como se vive la vida en diferentes lugares; se puede decir que vió como se vive bajo diferentes soles.  Conoció africanos en el extranjero (a muchos en Francia) y trató de aprender de ellos lo que no era posible a los negros norteamericanos conocer en los Estados Unidos. Porque los negros pueden parecerse unos a otros, o ser remarcablemente similares; pero ven y perciben el mundo de forma diferente: un negro busca entrar al País de los Blancos; mientras el otro busca liberarse del Invasor Blanco.

 

En su ensayo, “Encuentro en el Siena”, Baldwin escribe sobre lo que los africanos que hablan francés piensan de los franceses:

 

            El francés-africano viene de una región y de un estilo de vida que --por lo menos desde el punto de vista de un norteamericano--  es sumamente primitiva, y donde la explotación es abierta.  En París, la condición del negro africano, visible y sutilmente inconveniente, es la condición de un colonizado; y aquí lleva la vida intangible y precaria de alguien que ha sido recientemente y de golpe arrancado de sus raíces. Su amargura no es la misma de la de su pariente estadounidense porque no es probable que esa amargura traicioneramente se vuelva contra él mismo.  Él tiene, a no muchas millas lejos, una patria donde su afinidad, especialmnte su responsabilidad, es inquestionablemente clara. Su país debe recibir --o debe arrebatar-- su libertad. Esta amarga ambición es compartida por sus compañeros colonizados, con los que él comparte el mismo idioma, y a los que él no quiere de ninguna manera rechazar, sin cuyo sostenimimiento, en verdad, élestaría casi totalmente perdido en París. (1881).

 

Los negros en los Estados Unidos, al contrario, buscan mucho alejarse de otros negros, lo que los hace solitarios, aislados y totalmente perdidos cuando están en lugares como París. Porque el negro norteamericano, (que era llamado "nigger"  en forma despectiva y humillante en los primeros días del trabajo de Baldwin) está tan alienado de las tierras, los idiomas y las creencias de sus padres --sin mencionar su profunda alienación de las fuerzas en el poder en las tierras de su nacimiento--  que él o ella es, en la presciente frase de Baldwin, (escrita varios años antes  que Ralph W. Ellison escribiera su obra clásica), "hombre invisible'‘ sea que esté en París --o en Harlem.

 

Las brillantes observaciones y análisis de Baldwin revelan un alma totalmente alienada, en verdad él no se sintió en casa en ninguna parte, capaz de vivir en cualquier parte, pero no encontrar securidad, tranquilidad y verdadera comunidad en ninguna parte. Pero Baldwin, buscando ser la excepción y no la regla, volvía constantemente a París, donde podía vivir, trabajar y disfrutar la vida en formas que no le eran posibles en los Estados Unidos.

 

El talento de Baldwin es su implacable exposición de la verdad de los norteamericanos, tanto de los negros como de los blancos, que por cientos de años viven en un abrazo fatal, repelente, sin amor y a veces amoroso: el uno un extranjero para el otro, ambos sabiendo lo que no se dice pero que profundamente se piensa del otro.  Desde sus primeros días como crítico hasta su vida como famoso novelista de éxito, Baldwin escribe las verdades que no son confortables acerca de lo que los Estados Unidos es, y lo que no lo es. 

 

Su ojo es infalible, porque dice la verdad.  Su verbo escudriña la nación de su nacimiento, la que por largos siglos de práctica, lo odia y le teme... a él y a los de su clase, éso que es el viejo e inveterado odio de los norteamericanos.

 

En este momento, en estos días de conflicto, merecen repetirse sus perspectivas, porque, aún cuando algunas cosas en verdad han cambiado, debemos gritar la verdad desnuda que algunas otras cosas permanecen intactas.

 

El tiempo parece ser un espejismo que pasa, es verdad, pero que se vuelve a repetir como si fuera una cinta temporal Mobius que repite horrores que pensamos ya eran del pasado, pero que se repiten en malignas formas nuevas.

 

En su ensayo, “Un forastero en la Villa”, Baldwin prevé el presente que vamos a heredar, diciendo, “Este mundo ya no es blanco, y no volverá a ser blanco jamás”  (Baldwin 129).

 

¿Podría haber visto la aparición de una figura como Trump, que busca con loca energía, "hacer los Estados Unidos grande otra vez", en una carrera ciega de vuelta a los 1950s? Quizás.  Quizás no. Quizás esa fue una visión que escapó su agudo conocimiento.

 

Pero yo no estoy seguro. James Baldwin conoció y admiró tanto a Martin L. King, como a Malcolm X. Fue herido por Eldridge Cleaver, Ministro de Información del Partido de las Panteras Negras, quien no lo tomó en serio por sus preferencias sexuales; pero Baldwin, como que era Baldwin, seguramente pensó mucho en los golpes que sus críticas de libros causaron  a Richard Wright, que fue en muchas maneras su viejo amigo y mentor.

 

En sus años finales, la hepatitis lo hizo limitar su obra, pero el cáncer al esófago lo devolvió a sus antepasados.

 

Sus palabras, lo brillante de su estilo y su corage permanecen, para alimentar nuevas vidas jóvenes, inspirados tanto por su grandeza como por su alegría de vivir.

 

James Arthur Baldwin ya es un antepasado; en verdad, él es uno de los inmortales.

 

JAMES ARTHUR BALDWIN: WORD WARRIOR

[Speech writ. 7/5/17] © ’17 Mumia Abu-Jamal

 

He was born in Harlem Hospital, New York, August 2nd, 1924; oddly enough, the same year that my mother was born in the South.

His name, at birth, was James Arthur Jones, to a mother blessed with the gift of fertility; and to a father he would never know.

At the tender age of 3, he would be renamed, the gift of a stepfather, with the cognomen, ‘Baldwin’, the name that would resound around the literary and Black worlds. and continue long after his life was lived.

His stepfather fought to teach him the Bible, and for three difficult years, he acquiesced, and became a child preacher, winning souls in Harlem, until he could bear it no longer.

For he knew, at the tender age of 12, that he would be a writer, even as he won awards for his word-craft in school, and read (and reread) novels such asUncle Tom’s Cabin and A Tale of Two Cities, while, he would later write, he rocked a baby in one hand, as he cradled a book in the other.

 

His early schoolteachers recognize his early facility with words, and encourage his writing.

He would later write with keen insight and a savage wit about all around him: fellow writers, other books, movies, plays, all became grist for his ever churning mill.

 

Indeed, he would later eviscerate Uncle Tom’s Cabin, as much for its poor writing as for its bloodless, vapid telling of a tale that demanded courage and vitality to reflect the deep and abiding horrors of the American slave system -- and its torturous aftermath.

In an early critical work (“Everybody’s Protest Novel”) reprinted in Notes of a Native Son, Baldwin slashes at Uncle Tom’s Cabin, as well as Richard Wright’s breakthrough hit, Native Son.

Damning all such works as unequal t the task, Baldwin writes:

            They emerge for what they are; a mirror of our confusion, dishonesty, panic, trapped and immobilized in the sunlit prison of the American dream…Finally, the aim of the protest novel thing very closely resembling the zeal of those alabaster missionaries to Africa to cover the nakedness of the natives, to hurry them into the pallid arms of Jesus and thence into slavery (Baldwin1)

 

This is writing.

 

Baldwin published this book review in the spring 1949 edition of Zero magazine, and his simmering style brought him work in The NationCommentary,The New York Times Book Review, and Harper’s. Many of the journals he wrote for are no longer extant.

 

But that bite, that crackle, that insouciance, would mark his writing, especially in his novels - and most especially when he brooked the river of race.

As a man of his time, he traveled widely, and lived to see life lived in different places, under different suns, so to speak. He met Africans abroad (more likely than not in France), and tried to learn from them many of the things which weren’t really available to U.S. blacks. For they may look alike, or remarkably similar to one another; but how they see and perceive the world is quite different. For one seeks entry into the White State: the other seeks freedom from the White Invader.

 

In his essay “Encounter on the Seine”, Baldwin notes how Francophone Africans regard the French:

            The French African comes from a region and a way of life which -- at least from the American point of view -- is exceedingly primitive, and where exploitation takes a more naked form.  In Paris, the African Negro’s status, conspicuous and subtly inconvenient, is that of a colonial; and he leads here the intangibly precarious life of someone abruptly and recently uprooted. His bitterness is unlike that of his American kinsman in that it is not so treacherously likely to be turned against himself. He has, not so many miles away, a homeland to which his relationship, no less than his responsibility, is overwhelmingly clear. His country must be given -- or it must seize -- its freedom. This bitter ambition is shared by his fellow colonials, with whom he has a common language, and whom he has no wish whatever to avoid; without whose sustenance, indeed, he would be almost altogether lost in Paris 1881.

 

By contrast, he reasons, U.S. Blacks rush to disaffiliate themselves from other Blacks, making them lonely, isolated and quite lost in such places as Paris. For the U.S Black (who was called ‘Negro’ during Baldwin’s early days0 is so profoundly alienated from the lands, languages, and faiths of his fathers - not to mention a keener alienation from the forces in power in the land of his/her birth - that s/he is, in Baldwin’s prescient phrase (written several years before Ralph W. Ellison’s classic work) ‘an Invisible man’, whether in Paris -or in Harlem.

 

Baldwin’s brilliant observations and analyses reveal an utterly alienated soul, in truth nowhere at home, able to dwell anywhere, but to find safety, solace and true community, nowhere. But Baldwin, ever striving to be the exception rather than the rule, returned incessantly to Paris, where he could live, work and play in a way that the U.S. didn’t make possible.

Baldwin’s gift is this relentless truth telling, about Americans, both Black and white, who are locked, for centuries, in a fatal, repellent, loveless and sometimes loving embrace: each a stranger to the other, each knowing that which  is unsaid, but thought deeply, of the other.

From his earliest critic days, to his life as a successful novelist, Baldwin tells uncomfortable truths about what America means, and what it does not.

His eye is unerring, for he cites true. His tongue rakes the nation of his birth, which, by long centuries practice, hates and fears him and his kind, the habituation of American hatreds long-lived.

In this hour, in this day of conflict, his insights bear repeating, for although some things have indeed changed, we must scream the naked truth that some things remain the same.

 

Time, it seems, is a mirage, which passes, to be sure, but which replays itself, like a temporal Mobius strip, replaying horrors long thought past, with new, insidious forms.

In his essay, “Stranger in the Village”, Baldwin foresees the now that we are about to inherit, by observing, “This world is white no longer, and it will never be white again” (Baldwin 129).

Could he foresee the rise of a Trump figure, who seeks, with might and main, to ‘make America great again’? by a mad dash to the 1950s? Perhaps. Perhaps not. Maybe this was a vision beyond his sharp ken.

But I wouldn’t bet on it. He was a man who knew and admired both Martin L. King, and Malcolm X. He was hurt by Black Panther Minister of Information, Eldridge Cleaver’s dismissal of him for his sexual preference; but Baldwin, being Baldwin, surely reflected on the hurt his reviews cost Richard Wright, in some ways, an older friend, and a mentor.

In his later years, hepatitis almost laid him low, but it would be cancer of the esophagus that would return him to his ancestors.

His words, his brilliance, his courage remain, to nourish new, younger lives, buoyed both by his greatness as by his gayness.

James Arthur Baldwin has become and ancestor; indeed, he has become an immortal.

 

WORK CITED

Baldwin, J (1998): Collected Essays: Notes of a Native Son, Nobody Knows My Name, The Fire Next Time, No Name in the Street, The Devil Finds Work (Other Essays). New York: The Library of America.

 

--© ‘17maj